Solsticio de Invierno

La noche se presentó cerrada.

Vacía de sombras y miradas.

Sin una nube. Sin una estrella.

Ni lunas en el cielo.

Ni tan siquiera cielos.

Sólo el vuelo de los murciélagos

dibuja en la Nada

mantillas de encaje negro,

movidas por un bailaor flamenco,

arrebatado al cante jondo

y arrojado al fango más fiero.

 

Sopla un viento sordo

de aristas punzantes,

que clava en la carne

sus cristales amargos

para desovar  inmundicia

en tantos corazones ebrios,

blanquecinos, como el mármol

del cementerio.

 

¡Qué sufrimiento tan insoportable!

Ejércitos de ojos hueros

aplauden ignorantes

el crepitar de sus pupilas.

Esos  ojos de apariencia

mortecina, se instalan obedientes

en una ceguera mullida.

En este invierno lóbrego,

hallo el único consuelo

en mi sepulturero,

que cava con sus manos

la tierra de mis entrañas,

encontrando a su paso

un sinfín de fragancias ,

otrora tan extrañas,

y un reloj sin agujas,

reconvertido en puchero

donde se cuecen las Ideas,

a fuego lento,

sin dar importancia al tiempo.

Las ideas que han de cambiar

este mundo tan grotesco.

No desesperéis, Hermanos,

no es una quimera

resucitar lo que de humano

hay en la Tierra.

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