¿Sacrificarse por la Orden y la Humanidad?

 

A esta cuestión podríamos responder, en primer lugar, que SÍ.

SÍ por principio. Porque lo normal es que un francmasón sea coherente con su ideal.

 En segundo lugar…..¡es el objeto de esta plancha!

 Vamos a ver si, a través de la iniciación y el rito, podemos justificar la necesidad de sacrificar nuestras acciones por los otros y por la Orden.

 Desde un punto de vista ontológico.

 ¿Qué es la vida?

 ¡Vasta cuestión! Decimos que está vivo todo lo que resulta de la experiencia que describe una historia entre el nacimiento y la muerte. Así la vida es un conjunto de funciones que se oponen a la muerte. Que se resisten a la muerte. El cese o parada de esas funciones demuestra la fragilidad de la vida.

 El valor de la vida no se puede entender sin su precariedad y su carácter aleatorio.

 Entonces, si queremos vivir comprometidos con la sociedad y, en la medida de lo posible, con la humanidad, ¿nuestras acciones hacia la sociedad o la orden implican por ello un sacrificio? O, mejor dicho, el sacrificio supremo…..

 Respuesta: SÍ y NO.

 NO si vivimos de manera egoísta, sin tener en cuenta a los otros. Es el “sálvese quien pueda” de la sociedad liberal de hoy en día, la cual ha elevado a dogma la competición, el esfuerzo individual, la rentabilidad y, como corolario, el desempleo y el incivismo, porque el individualismo no puede conducir a la generosidad.

 ¡Sea lo que sea, en todo caso, el peor de los egos no podrá ocultar el hecho de que, sin los otros, nada es posible! Necesitamos a los otros para vivir (vestir, comer, llamar, desplazarse….), y, por encima de todo, para revelarnos nuestra verdadera personalidad. Toda verdad sobre nosotros mismos pasa por los otros.

 La posición contraria es el altruismo. Llevado al extremo, es la virtud de la renuncia la que conduce al don de sí mismo. Esta definición está próxima a la concepción cristiana del altruismo absoluto.  Son los otros quienes nos construyen.

 Podemos decir que el altruismo es una actitud moral que, más allá de todo, privilegia al prójimo. Hasta la negación de uno mismo, gran sacrificio éste.

 Sin embargo, no es tan fácil. Estamos divididos entre la necesidad de los otros y el deseo de ser nosotros mismos, entre el sentimiento de nuestra identidad y la singularidad y el colectivo, entre lo que nos es propio y lo que nos sobrepasa, buscamos en el centro de nuestro dolor un gran sentimiento de construcción del yo, de uno mismo, porque el sacrificio conlleva dos cosas: el yo y el otro; de un lado, ofrecemos y, del otro, nos privamos de lo que ofrecemos.

 ¡Es verdad que es un sacrificio!

 Pero es lo normal para un iniciado porque hay en él un fuego que consume su corazón y que nos obliga a actuar conforme a la regla y al compás.

 Desde un punto de vista masónico

Durante la iniciación en el primer grado de aprendiz (en el REAA, no en el rito francés), se dice: “La Orden en la cual solicitáis vuestra admisión, quizás pueda exigiros que dierais vuestra sangre para defenderla, así como a los Hermanos y Hermanas”. Y la respuesta es simple: “Sí, señor”.  Es una frase cargada de significado, sobre todo porque el V.·.M.·. añade que se le podría cortar la cabeza al profano.

Significa que, en circunstancias excepcionales, el Francmasón debe sacrificar su vida para salvar su ideal.

Fácil de decir…. Ahí está dicho para el primer grado, porque, como cantaba Georges BRASSENS: “morir, sí, pero de muerte lenta…”.

Para el Masón, una vez pasado el primer sacrificio, la muerte del “viejo hombre” durante la iniciación, es decir, la renuncia a los prejuicios y a las verdades, el camino iniciático es liberador en la medida en que es voluntario y no dogmático.

En el grado de aprendiz, la instrucción nos indica que nuestras herramientas son el mallete, la regla y el cincel. Lo que significa que todas nuestras horas deben ser bien empleadas, que la voluntad de perfeccionamiento que nos impulsa debe conducirnos a que nuestra piedra sea tallada con el empleo de las mismas a fin de que consigamos ser útiles a la sociedad. He aquí un gran sacrificio.

Pero, ¡eso no es todo!

Una vez avanzado el trabajo de reflexión sobre nosotros mismos, todas nuestras acciones deben orientarse hacia el ideal humanista y no contentarse con satisfacer el ego reteniendo un conocimiento y así no compartirlo. De esta forma, el sacrificio es el compartir, compartir el pan, pan que está en la palabra “compañero”. En el último grado, los conceptos de amor, de sacrificio y de humanismo se mezclan para caracterizar el deber del maestro masón.

Así, el amor a la humanidad, que es un ejercicio difícil de practicar sin un importante sacrificio de su identidad, es el motor y la justificación de nuestra conducta.

Conclusión

¿El amor a la humanidad o a la Orden exige un sacrificio supremo?

Sin duda, sí. Sí, si ponemos nuestros actos al servicio de un ideal. Así es en última instancia. Para un Masón, el rito, cualquiera que sea éste, nos indica lo que es posible, porque el ideal es imposible por definición. Lo posible, es la meta de la masonería: mejorar en conjunto al ser humano y a la sociedad.

Por otro lado, la invocación al GADU, en la que podemos apreciar muchas cosas, como un principio superior del Universo, por ejemplo, recuerda al francmasón que no trabaja por él mismo, sino sobre él mismo y para los otros. Solamente así seremos nosotros mismos.

“Elevemos nuestros corazones en fraternidad y que nuestras miradas se vuelvan hacia la Luz”

Facebooktwittergoogle_plusredditpinterestlinkedinmailFacebooktwittergoogle_plusredditpinterestlinkedinmail
Publicado en Uncategorized