Los bienes como objeto de propiedad privada

 

Lo que tiene consciencia, ya sea instintiva o racional, se preocupa por los bienes, su supervivencia se fundamenta en algún tipo de relación de bienes, por ejemplo, la comida se posee antes de ingerirla. Los humanos, que siempre hemos luchado por dominar el entorno para sobrevivir a él, como seres racionales, en esa empresa nos hacemos de bienes y los utilizamos.

Dentro del concepto masónico de metales, solemos incluir los bienes materiales entre ellos. Es más, cuando nos introdujeron en el Gabinete de Reflexión, el Gran Experto se llevó en una bolsa los bienes, nuestras cosas que el día de la iniciación nos acompañaban, el dinero, la cartera, el reloj….

Yo creo que no es acertado identificar los metales con las cosas o los bienes objeto de propiedad sin más, ya que los metales, en masonería, representan los apegos egocéntricos y profanos que perturban la construcción del Templo ideal.

Sin embargo, la visión más elevada de la sabiduría parece indicarnos que para el despliegue del carácter real de la vida, los bienes son, más o menos, un impedimento. Al evaluar la primacía del hombre respecto a los bienes o las cosas, se considera, por esta filosofía, que los deseos del hombre de poseer dichos bienes son una indeseable característica del ser humano, que los hombres superiores deben vencer.

Lo cierto es que, además de los bienes como cosas, el deseo y el impulso hacia ellos, el anhelo de propiedad, es uno de los hechos más fundamentales de la vida. Por mucho que algunas elevadas filosofías (como la de Platón, los estoicos, el budismo –el nirvana llega cuando se ha perdido todo deseo- el cristianismo que relaciona la virtud con la falta de bienes…, etc.) nos hagan ver el peligro de los bienes materiales, no conseguimos desprendernos del impulso y el deseo hacia dichos bienes, o al menos, hacia algunos de ellos. El motivo es claro, no es otro que ese impulso y deseo hacia los bienes se ha convertido en uno de los hechos fundamentales de la vida por la sencilla razón de que el ser humano, que tiene la tendencia a la identificación personal e individual, asume ciertos institutos como naturales. Y la propiedad es una expresión de esa tendencia a la identificación individual y personal, ya que el deseo de ser dueño de alguna cosa contiene en sí el concepto de exclusividad, de individualización. Los seres humanos desean poseer artículos que necesitan, pero no sólo esos, también los que admiran y aprecian. Dice Robert Lefevre Robert Lefevre (19111986) fue un empresario, libertario de mercadoestadounidense, personalidad de radio y principal teórico del autarquismo, una versión pacifista del anarcocapitalismo.[ que “Posiblemente, el amor, considerado fundamental para los humanos, está relacionado de alguna manera con este impulso tan profundamente enterrado de poseer, de ser dueño, de dominar personalmente, de excluir al resto del mundo.”

La historia nos enseña el peligro del descontrol del deseo y del impulso a poseer bienes. La codicia es la primera de las fuerzas oscuras que aparecen reclamando su protagonismo. Los deseos son insaciables. Los bienes que hacen posible la supervivencia son escasos.

 

 

 

No se puede perder de vista que el hecho de que la propiedad o posesión de los bienes como dueño y la retención de éstos en manos privadas requieren protección. Lo cierto es que dicha protección depende más de la creencia y comprensión que de la fuerza. La protección real que tenemos de nuestros bienes se basa en la falta de voluntad de los demás hombres de cometer transgresiones a nuestra propiedad y no de la policía u otros medios de persuasión. La idea de que sin un policía los bienes serían usurpados, sustraídos u ocultados no es plausible porque el interés personal de cada uno de nosotros nos impele a respetar el derecho a los bienes de los demás para que el nuestro sea respetado también. Es la aplicación práctica de la Regla de Oro y no las amenazas del Estado lo que hace posible hoy en día la propiedad privada. La idea de coacción Estatal para respetar la propiedad privada nos lleva a muchas indeseables situaciones, como, por ejemplo, la guerra, en la que los seres humanos nos convertimos en piezas de un juego, es decir, donde se asume claramente que los individuos somos unas meras unidades de posible sacrificio. Pero no es esto objeto de esta plancha, por lo que vuelvo al camino que inicié con la misma. ¿Son metales todos los bienes? ¿Es necesario erradicar el deseo y el impulso a poseer bienes?

Algunos antropólogos creen que la propiedad privada surgió tras un largo periodo de propiedad tribal o colectiva. Según aquéllos, empezó probablemente en la mujer, que era considerada un mero bien de la tribu, al servicio y disposición del macho, y el inicio de dicha propiedad privada se produjo cuando aquélla empezó a ver al niño como un bien propio, como su hijo y no como un mero miembro más de la tribu, o quizás cuando, en busca de una identificación personal para diferenciarse de otras mujeres o para atraer la atención de algún macho en concreto, empezara a marcar su cuerpo de alguna manera única, con cicatrices artificiales o embadurnando su piel con arcillas o zumos de bayas o sangre de la matanza.

Otros pensaron que eran los ancianos los que sintieron el deseo de poseer algún bien, se basan en que los jóvenes tendrían una mayor satisfacción en los procedimientos colectivos, las relaciones interhumanas… pero al llegar la madurez, el sentimiento competitivo se marchitaba y el anciano, debilitado por la edad, buscaba consuelo en la posesión privada de algún objeto inanimado y así compensaba el abandono o la amenaza de una segura agresión por parte de rivales más vigorosos.

Sea como fuera, lo cierto es que se pasó a considerar un artículo de propiedad como una extensión del yo personal. Esto es, se relaciona un artículo de forma inseparable con un ser humano concreto, no con una tribu o colectivo. Y el paso siguiente es transitar de la posesión a la propiedad, esto es, cuando se perpetúa la relación del humano con el bien aún durante la ausencia del propietario, es decir, cuando los demás reconocen y respetan el hecho de que el propietario, aunque esté ausente, sigue siendo propietario de ese artículo o bien.

Estas teorías no casan bien, desde mi punto de vista, con lo afirmado al principio de la plancha: que el deseo y el impulso de poseer es innato al hombre, que forma parte de su naturaleza desde el mismo momento en que sirve para identificarle como sujeto único y diferenciado del resto. Al contrario, vienen a reafirmar que los bienes son sólo un medio, no un fin. Son un medio para conseguir otros objetivos que son los realmente importantes: la alimentación, el vestido o abrigo, el refugio o morada y todo lo demás que es necesario para la subsistencia o, tal vez, también, son el medio para identificarnos como sujetos únicos, diferenciados, depende pues de la educación y desarrollo de cada individuo.

 

 

En estos fines radica su medida y suficiencia, el defecto debe ser complementado con la solidaridad o la fraternidad, el exceso siempre será considerado metal que te restará tiempo para poder realizar lo que vinimos a hacer aquí: Visita Interiora Terrae Rectificando Invenies Occultum Lapidade, es decir “explora los interiores de la Tierra o de ti mismo, rectificando descubrirás la piedra oculta, la esencia escondida: la fórmula alquímica).

Sé que es muy fácil formular esa máxima y muy difícil llevarla a la práctica. Los miedos que nos acompañan nos impiden ver con claridad la utilidad de los bienes como meros objetos convenientes para conseguir algo. El miedo, siempre el miedo, que además esta sociedad nos inculca incansablemente en nuestro inconsciente más recóndito. El miedo al futuro, el miedo a no controlar lo que nos pueda pasar mañana, nunca nos deja usar correctamente la balanza para medir qué es bien necesario y qué es metal. Debemos vencer ese miedo que no es sino miedo al devenir o transcurrir de la vida.

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