La libertad de expresión, ¿tiene un límite?

Por expresión no sólo podemos entender lo manifestado por medio del lenguaje, sea oral o escrito. Expresión es un término más amplio. Percibimos, pensamos, nada nos es indiferente. El aire en la cara, un movimiento brusco, el dolor de muelas, la oscuridad…
Las cosas suceden en ese límite impreciso que es el afuera y el adentro de nuestro cuerpo. Todas esas percepciones van configurando un sentido, no sólo percibimos sino que podemos explicar lo que percibimos. Por una serie indeterminada de relaciones conceptuales entendemos el día y la noche, si hay noche es debido a que hay día, y si hay ambos es porque hay sol, y es porque hay un universo, y es porque hay…, siempre detrás de un hay hay otro hay (todos del verbo haber).
Pensamos, pero además pensamos que pensamos, y en este acto reflexivo comienza el humano.
¿Por qué todo lo que hacemos tiene que servir para algo? ¿para qué sirve expresarse? ¿Es el derecho de expresión pensable únicamente en términos utilitarios?
Pero por qué es tan importante expresarse. Borges dijo una vez “en verdad la realidad no existe, y en realidad la verdad tampoco” dijo “todo lo que decimos sobre la verdad lo decimos” o sea, que se vuelve imposible saltar el abismo que separa a las palabras de las cosas. Si no podemos expresar la verdad ni la realidad, para qué queremos libertad de expresión.
Si no percibimos la realidad, percibimos sombras como los prisioneros de la caverna platónica, si no nos damos cuenta que estamos encadenados, de qué sirve la libertad de expresión. Si todos pensamos lo que se piensa, consumimos lo que se consume, hacemos lo que se hace, lo cotidiano o normal determina el modo de existir, entonces qué vamos a expresar: no habrá derecho de expresión sino derecho de repetición, pues nuestra autonomía se ve limitada por el dispositivo del engaño y en la confusión entre lo real y lo aparente, terminamos siempre funcionales a lo que el poder necesita, Marx lo llamaba alienación, pensamos ideas que otros necesitan que pensemos, compramos las mercancías que otros necesitan que compremos. En nuestros tiempos más mediatizados se va construyendo un sentido común que va hablando en nombre de la gente, que se presenta como representante de la ciudadanía confundiendo claramente el sistema actual con democracia, o haciendo circular ciertas prioridades sobre otras.
Cuáles son los límites de nuestra expresión, ¿el lenguaje, nuestro cuerpo, nuestra fecha de caducidad, el poder? O desde un punto de vista más personal ¿los miedos, los prejuicios, los mandatos? Nos usan, nos crían, nos domestican.
Los límites a la libertad de expresión son todos los postulados utilitaristas con los que nos movemos, todos esos que nos impiden hacer preguntas que colocan la realidad en estado de extrañamiento, aquellos prejuicios que impiden que pongamos todo bajo sospecha, son límites a la libertad de expresión lo que no nos deja que rompamos con lo establecido aun a costa de quedarnos en el margen.
El orden es otro límite de la expresión, es que si no hubiese orden habría desorden. Qué pasaría si cada palabra significara otra cosa cada vez que la volvemos a decir. Qué pasaría si no funcionaran las leyes que rigen el orden de lo real. Las leyes ordenan, pero antes es necesario que exista el desorden, porque si no, a quién ordenaría el orden. Y si es así, ¿no es el orden algo que viene a alterar la realidad? Si el orden limita la realidad, también limita la libertad de expresión.
Para el Papa Francisco con ocasión del ataque a la revista Charlie Hebdo existe la libertad de expresión pero está mal provocar a otros insultando su religión, no te puedes burlar de la fe de otros. Quien habla mal de la religión, bromea sobre ella, se burla provoca y le puede pasar lo mismo que si alguien dice algo contra mi madre, llevarse un puñetazo en la cara. La libertad de expresión tiene un límite cuando se enfrenta a la libertad religiosa.
Pero quién tiene que poner límite a la libertad de expresión y dónde pone ese límite. Pero dónde está ese límite, por ejemplo cuando ofendemos a alguien. Hay personas que tienen la suficiente madurez para reírse de sí mismos, para aceptar la crítica e incluso la sátira y otros que no aceptan no sólo una broma sino que rechazan incluso toda crítica.
La expresión, a pesar de que no sólo puede ser palabra escrita u oral, si la centramos en la opinión -y suponiendo que superemos los obstáculos antes indicados, o aún cuando no se superen, se hable, pues de la realidad o de la apariencia, se hable bajo las normas que el orden impone o desde el caos- creo que no tiene límite alguno. Cada uno puede opinar lo que quiera, aunque no se apoye en la razón, sino únicamente en la fantasía. Mi opinión es personal, la puedo expresar, y si alguien se ofende no es responsabilidad mía, siempre y cuando no me mueva la intención de ofender, de injuriar, es decir, siempre que no tenga con ello un mero y exclusivo ánimo de perjudicar o dañar injustificadamente a alguien. Y es que, si me moviera ese ánimo, estaría no expresando una opinión, sino realizando un atentado contra la dignidad de una persona.
Otra cosa es cuando yo afirmó un hecho como real, el límite que tiene una afirmación, que no opinión, es la verdad, a saber, que el hecho que se afirma como real se corresponda con lo sucedido en la realidad perceptible, comprobable.
La opinión no puede tener fronteras, el relato de hechos, la afirmación de verdades sí, siempre que se presenten como hechos o verdades, el límite es la propia y real verdad.

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