El miedo

EL MIEDO

“A lo único que le debemos temer es al miedo como tal”. Franklin D. Roosevelt

El miedo siempre ha sido un arma política. Desde hace mucho tiempo es conocido su poder para cambiar el mundo -mayor incluso que el de la esperanza-; es un instrumento inmensamente poderoso que viene siendo usado desde tiempo inmemorial, tanto que el miedo es uno de los marcos de interpretación clave para entender la realidad y definirla.

El miedo es una emoción básica que nos paraliza o nos llama a la acción. Pero también es una construcción socio cultural interesada e intencionada. Hemos aprendido a través de los demás que es lo que nos debe causar miedo y cómo responder frente a ello. Es por ello que quienes son capaces de señalar cuáles deben ser nuestros desasosiegos puedan fabricar a su antojo el remedio liberador.

El miedo ha sido, en todas las épocas, uno de los instrumentos de dominación más eficaces y contundentes. Quien inspira temor a otras personas tiene en sus manos, por lo general, un arma perversamente poderosa, que le permite imponer su voluntad sin generar resistencias u oposiciones. Las relaciones entre los hombres han estado regidas, a lo largo de la historia, por dos impulsos o movimientos contradictorios del espíritu humano: el de la libertad, que hace crecer, y el del miedo, que frena y paraliza. Este miedo puede ser muy diverso, dado que depende del uso de los instrumentos que utiliza el que busca la dominación, y va desde lo psicológico hasta la agresión física y la muerte.

El hombre libre se siente estimulado a desplegar su pensamiento y su energía personal, a defender y afianzar sus derechos, a modificar la realidad en función de sus legítimas apetencias y expectativas. El hombre que teme, en cambio, acepta dócilmente las condiciones que los otros le imponen y renuncia a contradecir a los que pretenden mandar o decidir por él.

Pero actualmente el miedo no se concreta en nada tangible, es difuso, es un miedo que nos transmite que lo mejor es esconderse sin un plan de respuesta definido porque no tenemos claras cuáles son las amenazas.

Con frecuencia se nos amedrenta o se nos presiona mediante la advertencia o la amenaza, abierta o implícita, de que en un futuro más o menos cercano pueden llegar a presentarse situaciones públicas de inestabilidad y hasta de caos generalizado si no se acatan las medidas que el gobierno, hoy confundido con los mercados, considera de imprescindible. De ese modo, se logra instalar el miedo en una comunidad y se disuade a la población de cualquier intento de cuestionar o discrepar con las decisiones adoptadas desde el poder público, hoy claramente confundido con el poder económico. El miedo y la intimidación se convierten, así, en instrumentos políticos destinados a impedir que prospere todo gesto de oposición o de crítica frente a las políticas instrumentadas por los mercados. El miedo político tiene, de esa manera, un claro efecto inhibitorio: anula toda actitud de rebeldía o de disconformidad. Más aún: destruye todo vestigio de creatividad individual y social, toda expresión de disenso. El miedo, en definitiva, asesina el futuro, pues es sabido que sólo el discurso racional y libre de condicionamientos conduce a la creatividad social y política proyectada hacia el porvenir.

En Europa el miedo que nos insuflan en estos últimos años es un miedo abstracto a los extranjeros, a lo diferente, un miedo al terrorismo, al gasto público, a la inseguridad, a la epidemia o mejor a la pandemia, etc. Todo para que, paralizados por ese miedo permitamos las políticas de ajuste y demos por bueno y necesario lo que en otras condiciones nos parecería inaceptable. Con el temor a cuestas nos hacemos cada vez más individualistas -egoístas, primero yo y los míos- por lo que nos convertimos en más manipulables, ya que divididos somos más fáciles de convencer, incluso con discursos absurdos. Antes nos decían “toque de queda” no salir a la calle, hoy nos aconsejan ser sumisos. Nos lanzan mensajes claros sobre lo que nos diferencia unos a otros, pero silencian lo que nos une. Nos están convenciendo para que renunciemos a elementos clave de nuestra libertad a cambio de aumentar -aparentemente- nuestra seguridad. Y aún más grave: los medios de comunicación, que hace años que perdieron su libertad, se prestan sin reservas a esta maniobra, amplificando sus efectos.

Hoy ya no se trata de ilusionar a la población con grandes utopías, basta con salvarnos de nuestro miedo. Como dice Eduardo Galeano: “Los que trabajan tienen miedo de perder su trabajo. Los que no trabajan de tienen miedo de no encontrar nunca trabajo. Quien no tiene miedo al hambre, tiene miedo a la comida… Miedo a la puerta sin cerradura, al tiempo sin relojes, al niño sin televisión, miedo a la noche sin pastillas para dormir y miedo al día sin pastillas para despertar, miedo a la multitud, miedo a la soledad, miedo a lo que fue y miedo a lo que puede ser, miedo a morir, miedo a vivir”.

El miedo se combate con información, enfrentándose al mismo. El miedo cultiva miedo. Muy a menudo el miedo a un mal nos lleva a realizar uno peor.

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