Y es cierto que todos somos eternamente aprendices. Desde nuestro nacimiento hasta el mismo momento de nuestra última exhalación, es un completo y complejo proceso de adquisición de conocimientos, bien por la propia experiencia de una misma (persona), bien por lo que el conocimiento de otros, escrito u oral, nos aporta.

            ¿Para qué dicha adquisición de conocimientos u aprendizaje? ¿Qué relevancia tiene el aprendizaje “de vida” si vamos a morir? ¿Nacemos, vivimos y morimos? ¿Es la muerte un proceso más de una vida más larga a la que nuestro conocimiento, de momento, escapa? ¿Qué es la vida y la muerte?

            Se pueden encontrar muchas respuestas a estas preguntas y cada cual en su ámbito tan cierta y verdadera como quien quiera sentirse identificado con ella. Yo voy a exponer una, independiente de que sea o no, y de que coincida o no con ella.

            Algunos teósofos hablan de que hay tres partes de las siete en las que se divide nuestra constitución, que son eternas, y es en ellas, de algún modo, en la que dicho aprendizaje se queda “impregnado”, pero que al volver esa triada inmortal a ocupar una nueva mónada y carecer del anterior órgano encargado de retener la memoria, y que obviamente, no es el mismo pues es perecedero no podamos recordar, en primera instancia, qué y quién somos. A lo que los teósofos proponen la búsqueda de ese “yo” que reside en las profundidades de nuestra esencia imperecedera.

            Si el lector o lectora gusta de este temática, puede ampliar información con “Manual Teosófico”, de la Dra. Annié Besant.

            Este fragmento no constituye un dogma para quien lo escribe ni forma parte de su ideario personal, es simple y llanamente un punto de vista comentado y reflexionado.

            He dicho, Harry Houdini.

Facebooktwittergoogle_plusredditpinterestlinkedinmailFacebooktwittergoogle_plusredditpinterestlinkedinmail
Publicado en Uncategorized